Seguí a la singular pareja a un oscuro bar. Por horas vi la escena de amor más bizarra de todas. Mientras el viejo le tocaba gentilmente las manos, el joven le acariciaba la entre pierna con el pie. De vez echando se mandaban becitos y reían animosamente. Me parecía ver a una pareja de adolescentes chupando helados en un parque, la diferencia es que estos dos tomaban vino en el bar más feo de toda Europa occidental (más tarde de seguro se chaparían otra cosa).
Después de un par de horas, el viejo se levanto atontado por tanto vino y corrió a vomitar. Con un poco de timidez y curiosidad me acerque al joven. – como te llamas, muchacho-, le pregunte. – Arthur Rimbaud-, contesto mientras volteaba hacia mí. En ese momento pude ver un toque de maldad en sus ojos, una maldad hipnotizante y terriblemente inspiradora.
- que haces con ese viejo feo-, le pregunte.
- Verlaine, no es ningún viejo feo-, contesto sonriéndome coquetamente,- el es mi inspiración, yo soy un poeta.
Paul Verlaine, me dije a mi mismo con desprecio. No podía creer que aquel enigmático joven estuviera con ese imbécil sin talento, que se creía poeta.
Algo decepcionado le dije- chao muchacho, suerte con tus poemas-. Me di la vuelta y me fui. Antes de irme, Rimbaud me cogió el culo, no le puse atención y seguí caminado. Saliendo del bar escuche como la basura de Verlaine comenzaba una pelea con el joven poeta. No me importo y me fui.
Pasaron los años y no volví a ver al muchacho. La verdad no me acordaba de el hasta que leí un libro llamado “Una temporada en el infierno” escrito por un tal Arthur Rimbaud. La hermosura y maldad de esos poemas me recordaron al misterioso joven que una vez vi en un oscuro bar. Decidí que debía encontrarlo.
Lo busque por toda Francia, pero nadie sabia de el. Parecía que lo había tragado la tierra. Por suerte una vez conocí a un soldado que lo conocía. Era pequeño, narizón y lacrado, me dijo que Rimbaud estaba en algún lugar de África fumando opio y frecuentando prostíbulos. Me alegre de saber sobre el muchacho, pero África es muy grande, pensé que mi búsqueda había terminado. Saliendo del bar, el soldado me dijo,- si lo buscas por el negocio yo se quien puede ayudarte-. Le seguí la corriente y le dije que sí me interesaba el negocio.
Fui a ver al puerto a ver a un tal Piere. El era un oficial del ejército grande, musculoso y feo, le faltaban los dientes por el escorbuto y estaba lleno de tatuajes. Era un tanto atemorizante la imagen de ese hombre, pero después de unas cuantas botellas de vodka nos hicimos amigos. Era sorprendente el talento como orador que tenía este engendro. Animosamente me conto sus aventuras por los mares del mundo. Cuando sentí la suficiente confianza, decidí preguntarle por Rimbaud. Me dijo que el famoso negocio que tenía con él, era el tráfico de armas y que además había tenido un romance con Rimbaud en alta mar.
Cada vez estaba más fascinado con la vida del aquel hermoso muchacho. Piere me ayudo a conseguir trabajo en un barco y me fui a Etiopia, una tierra que pocos blancos han pisado. Al llegar a ese inhóspito lugar me recibió un hombre flaco y alto.- Mucho gusto Arthur Rimbaud-, mi búsqueda había terminado.
Del joven que vi en Paris solo quedaba esa fascinante maldad en su mirada. Nos sentamos a beber y a conversar. Me contó que estuvo deambulando por toda Europa durante un tiempo. Cuando le pregunte de que vivió en esa época, me respondió riendo - pues haciendo lo que mejor se, vendiendo mi cuerpo. También de vez en cuando le pedía dinero a un viejo amante que tenía en Francia-.
Seguimos tomando y conversando por horas. Me dijo que se unió al ejército para poder viajar gratis por todo el mundo. Cuando llegó a Egipto dejo el ejercito, la razón fue porque estaba aburrido de los soldados y porque un día se metió al aren de un importante jeque y se tiro a todas las concubinas. Tuvo que salir corriendo a esconderse en el desierto.
Dijo que estuvo cuatro días si comida y sin agua hasta que unos nómadas lo encontraron. – Como no tenía nada que darles me dieron por el culo- me dijo entre carcajadas. – después me trajeron a Etiopia y aquí me instale-. Al poco tiempo de haber llegado conoció a un emperador que necesitaba armas para mantener su tiranía. – como me vio blanco pensó que yo podía ayudarle, me ofreció un buen trato y yo acepte, igual no había nada mejor que hacer-.
Charlamos durante horas. Le pregunte si había vuelto a escribir y me respondió que esa había sido solo una etapa de la juventud. Decía indignado que le parecía increíble que ha a alguien le gustara esos versos basura. – ahora mi vida es mas divertida, puede que vivía a en la miseria pero África es muy emocionante-.
Debía volver al barco o me dejarían. Me despedí de ese magnifico hombre. Antes de salir de la de la choza donde estábamos, Rimbaud me cogió el culo y me dijo con una sonrisa. – Verlaine no es ningún viejo feo, el es mi inspiración, yo soy un poeta-. Le sonreí y me fui de vuelta a casa

este es tu cuento final? interesante..
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