- ¿A cuánto el palo?-, le dije nerviosamente mientras contemplaba sus sensuales caderas. Cautivado, miraba la forma en la que sus negros rizos bajaban hasta la mitad de su espalda. En toda mi vida había visto un trasero tan eróticamente perfecto. Grande y redondo, solo deseaba tenerlo entre mis manos toda la noche. Además, llevaba un pícaro y brillante vestido morado que apenas tocaba sus muslos. Tenía piernas largas y hermosas, como los tacones, que hacían juego con el vestido. Hipnotizado, veía cómo sus delgados brazos formaban un perfecto ángulo de 60 con sus caderas, dándole el toque final a aquella perfecta escultura.
- 20 dólares ñañito-, me respondió una gruesa y aguardentosa voz, mientras observaba horrorizado cómo daba la vuelta y rebelaba su verdadera figura. Sorprendido vi que en realidad tenía rudas facciones, la nariz torcida y la cara cortada. Su manzana de Adán era más grande que la mía, la mayoría de los pocos dientes que le quedaban eran de oro y le faltaba la uña del dedo gordo del pie derecho. Casi me vomito cómo del morado y vació escote salían cuatro gruesos y rizados vellos. Después de notar el mórbido bulto que me apuntaba desde sus caderas, salí corriendo despavorido de aquella oscura esquina . En la huida alcancé a escuchar cómo gritaba con esa horrible voz: - no corras flaco que yo hago maravillas-.
domingo, 6 de diciembre de 2009
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