Era un caramelito cualquiera, envuelto de forma clásica, o sea, en un papel similar al plástico con moños en los extremos. La mayoría de los envases de caramelos dicen el sabor del que están hechos y si no lo dicen basta con mirar el color del empaque para saberlo. Pero, este tenía varios colores y la única forma de averiguar su sabor era probándolo.
Al abrir la envoltura se escucho ese típico sonido, similar al que hacen las hojas secas cuando se les pisa, que tiene todas las envolturas de este material. Dentro, había un caramelo ovalado, duro y anaranjado, que tenía ambas caras decoradas con una formación de cuadraditos que enceraban la palabra “CONFITECA” escrita en letras mayúsculas en una forma poco original y cuadrada.
El color decía que esté caramelo era de mandarina o naranja. No se podía sentir su olor, pero apenas se ponía en la boca se sentía un ligero y muy dulce sabor a mandarina. Unas ves dentro, el caramelo, producía mucha saliva la cual, a medida que se acumulaba y se tragaba, iba encogiendo el caramelo cada ve más y más. De a poco, la palabra “CONFITECA” iba desapareciendo, el minúsculo sabor a mandarina era remplazado por una sensación muy dulce en la boca y el caramelo se hacía más blando.
Cuando se sentía que el caramelo estaba débil daban unas ganas incontrolables de morderlo. Primero, un seco y duro mordisco que suena como un hueso roto y parte el caramelo en tres. Después muchos mordisquitos a los tres pedazos que se parten como cristal, se pegan en las muelas, se disuelven con la saliva y al final dejan una sensación muy dulce en la boca que es a la ves incomoda y placentera y que te hace dar cuenta de que ya no hay caramelo.

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